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Martin Scorsese, director de cine: ‘El cine es un asunto de afecto’

Una reflexión atemporal de Martin Scorsese sobre el cine nos invita a repensar nuestra relación con el arte en plena era del consumo acelerado y las pantallas infinitas.

Martin Scorsese

Vivimos en una época en la que la inmediatez lo impregna absolutamente todo. Nos hemos acostumbrado a consumir contenidos como quien echa combustible en una estación de servicio: rápido, sin mirar atrás y con la única intención de llegar al siguiente destino. Los algoritmos de las plataformas de streaming nos sugieren qué ver basándose en complejos patrones matemáticos, reduciendo la experiencia cinematográfica a una fría métrica de visualizaciones y retención de usuarios. En este contexto de hiperconectividad y fatiga digital, donde el móvil vibra constantemente reclamando nuestra atención dispersa, resulta profundamente liberador volver la vista hacia aquellos que entienden el séptimo arte no como un producto de usar y tirar, sino como un territorio sagrado de conexión humana.

Uno de los grandes defensores históricos de esta visión es, sin duda, el cineasta estadounidense Martin Scorsese. A lo largo de décadas dedicadas en cuerpo y alma a dirigir, preservar y difundir la cultura cinematográfica, su voz ha funcionado como un faro contra la banalización del medio. Para él, una película no es meramente un archivo multimedia que se reproduce en una tablet mientras cenamos o respondemos a los correos pendientes de la jornada laboral; es un acto de amor puro, un diálogo íntimo y generacional entre creadores y espectadores que trasciende el tiempo y las modas pasajeras.

El cine es un asunto de afecto.

Tima Miroshnichenko

Esta contundente y hermosa frase resume a la perfección la filosofía vital y artística de uno de los directores más importantes de la historia del cine. Frente a la fría racionalidad de la industria moderna y los análisis de mercado, Scorsese reivindica el componente emocional más elemental: el cariño incondicional hacia las historias, hacia los rostros que se iluminan en la oscuridad de una sala y hacia la propia comunidad de cinéfilos que comparten esa liturgia colectiva. En una sociedad hiperfragmentada donde la soledad no elegida y el aislamiento social se han convertido en epidemias silenciosas, recuperar ese afecto colectivo se antoja una urgencia vital.

El afecto cinematográfico frente a la fatiga del scroll infinito en 2026

Detengámonos un momento a pensar en cómo consumimos cultura hoy en día. El scroll infinito de las redes sociales nos empuja a deslizar el dedo sin pausa, buscando un estímulo constante que rara vez llega a calar hondo en nuestra memoria. Nos cansamos de las series de diez episodios antes de llegar al nudo de la trama, saltamos de una película a otra en la misma plataforma durante veinte minutos y terminamos apagando la televisión con una extraña sensación de vacío. Nos hemos vuelto clientes hiperdemandantes y, paradójicamente, espectadores cada vez menos pacientes.

Frente a esa epidemia de impaciencia que caracteriza nuestro día a día digital, la máxima de Scorsese actúa como una llamada de atención directa a nuestra autoestima cultural. Ver una película con atención plena, dejando el teléfono en otra habitación y abriéndonos a la experiencia sin reservas, es un ejercicio radical de afecto hacia uno mismo y hacia el otro. Es reconocer que el arte cinematográfico posee la capacidad única de curarnos, de explicarnos quiénes somos y de tender puentes invisibles entre completos desconocidos que coinciden en la misma sala oscura, respirando al unísono ante una pantalla gigante.

El cine, al final, sobrevive gracias a ese pacto invisible de afecto mutuo. No importa cuántas tecnologías nuevas aparezcan ni cómo cambien los hábitos de consumo de las nuevas generaciones; mientras haya personas dispuestas a conmoverse con una mirada, un silencio o un plano secuencia rodado con pasión, el séptimo arte mantendrá intacta su capacidad de salvación. Recordar las palabras de Scorsese nos ayuda a apagar el ruido de fondo, silenciar las notificaciones y volver a enamorarnos, con calma y sin prisas, de esa gran caja de sueños que sigue siendo el cine.