El cine musical clásico está lleno de momentos icónicos que la memoria colectiva acepta sin cuestionar su veracidad histórica o geográfica. Una de las películas más queridas de todos los tiempos, ‘Sonrisas y lágrimas’ (The Sound of Music), dirigida por Robert Wise en 1965 y protagonizada por Julie Andrews y Christopher Plummer, guarda secretos que desmontan su narrativa de cuento de hadas. Lo que el espectador ve en pantalla como una huida heroica hacia la libertad esconde en realidad una fantasía geográfica y un profundo malestar por parte de su reparto principal durante la producción.
La geografía imposible de la huida alpina hacia Suiza
El clímax dramático de la película muestra a la familia escapando del acoso del régimen nazi cruzando los Alpes a pie para buscar refugio en la Suiza neutral. Esa imagen cinematográfica tan recordada esconde un fallo de localización que cualquier mapa de la zona desvela al instante. La montaña que aparece de fondo en esa escena final es el Untersberg, un macizo situado exactamente en la frontera entre Austria y Alemania. Si la familia hubiera tomado de verdad esa ruta caminando desde Salzburgo, habrían acabado directamente en territorio de la Alemania nazi en lugar de alcanzar un país neutral. La realidad histórica de aquella huida ocurrida en 1938 fue mucho menos cinematográfica pero considerablemente más efectiva que la ficción propuesta por Hollywood para la gran pantalla. Las anécdotas que circulan sobre el asunto, como la supuesta pregunta de la propia Maria von Trapp exclamando si en Hollywood no sabían geografía o la respuesta del director sobre inventarse la geografía propia, se han quedado en territorio de leyenda urbana sin verificar con fuentes primarias directas. El contraste entre la libertad bucólica del celuloide y la tensión real de aquellos momentos demuestra cómo la industria del entretenimiento prefiere la estética alpina a la estricta precisión cartográfica.
Qué hizo realmente la familia Von Trapp para escapar
La salida real de Austria de la familia Von Trapp en 1938 distó mucho de la caminata nocturna con maletas y guitarras que inmortalizó el séptimo arte. No hubo ninguna travesía montañosa bajo la luz de la luna ni controles fronterizos sorteados por los pelos con niños cantando canciones populares. La familia sencillamente salió de Salzburgo subiéndose a un tren ordinario, comportándose como cualquier grupo de ciudadanos que realizaba un viaje completamente rutinario. Cruzaron la frontera sin levantar sospechas, pero eligiendo Italia como destino inmediato en lugar de la mítica Suiza de la película. Esa jugada fue posible porque el patriarca Georg von Trapp poseía la ciudadanía italiana debido a su nacimiento en una zona de Zadar y Trieste que había cambiado de soberanía tras la Primera Guerra Mundial. Dicho estatus legal se extendía automáticamente a su mujer y a todos sus hijos, facilitando un tránsito legal y documentado. Desde Italia continuaron su trayecto en tren rumbo a Londres, donde pudieron coger un barco para cruzar el Atlántico y establecerse definitivamente en Estados Unidos lejos del avance del nazismo. La vida real de esta familia en su Austria natal antes de 1938 combinaba la aristocracia naval, la tragedia familiar previa y una dedicación absoluta al canto coral que ya les había dado cierta fama local antes de convertirse en un fenómeno de masas global.
Christopher Plummer y su rechazo frontal al rodaje
Mientras el público global abrazaba la ternura y la alegría contagiosa de la producción, el actor principal masculino detestaba profundamente el proyecto en el que se había metido. En una famosa mesa redonda organizada por The Hollywood Reporter en el año 2011, Christopher Plummer calificó la película sin pelos en la lengua como un producto horrible, tremendamente sentimental y empalagoso. El intérprete explicó en aquella charla que tuvo que esforzarse al máximo para inyectarle un diminuto toque de humor a un personaje que le resultaba plano y aburrido. Años antes, en una entrevista concedida al Boston Globe en 2010, comparó su labor en el rodaje con la frustrante tarea de azotar a un caballo muerto y sentenció que aquel musical nunca había sido santo de su devoción. El famoso apodo despectivo de The Sound of Mucus, traducido popularmente como el sonido del moco, lleva décadas circulando asociado a su figura y a su absoluto desdén por el tono almibarado del guion, aunque el origen exacto en medios impresos como The New York Times nunca ha podido comprobarse mediante fuentes primarias contrastadas. Ese rechazo visceral respondía a su formación clásica teatral y a su incomodidad ante un rodaje que consideraba excesivamente azucarado, un contraste curioso con el entusiasmo inquebrantable de Julie Andrews durante las mismas semanas de grabación en los estudios y localizaciones naturales austriacas.
La reconciliación tardía con el clásico
El tiempo, sin embargo, acabó limando las asperezas de un rechazo que parecía destinado a durar toda la eternidad. Con motivo de la celebración del cincuenta aniversario de la película en el año 2015, el propio actor ya ofrecía un discurso radicalmente distinto en sus declaraciones públicas. Durante sus intervenciones para medios como Vanity Fair y de nuevo The Hollywood Reporter, Plummer hablaba con un cariño sincero tanto de su compañero director Robert Wise como del resultado final de la obra que tanto había criticado en el pasado. Admitió que trabajar con Julie Andrews había sido una experiencia fantástica y reconoció el valor técnico e histórico de una pieza que ya formaba parte de la cultura popular de varias generaciones. Aquella evolución demuestra que incluso los artistas más críticos con sus propios trabajos comerciales pueden acabar reconciliándose con su legado cuando la perspectiva temporal diluye los dolores de cabeza del rodaje. La gran pantalla se queda con la magia de una postal alpina que nunca existió de esa forma, protagonizada por un actor que necesitó décadas para perdonarle al mundo su tremendo éxito azucarado.
