Hay libros que se leen de un tirón y libros que dejan una marca rara, casi física, en quien los escribe. ‘A sangre fría’ (1966) es de los segundos, y lo sé porque su propio autor no volvió a ser el mismo después de terminarlo. Truman Capote tardó seis años en escribirlo, inventó por el camino una etiqueta que todavía usamos —la «novela de no ficción»— y nunca llegó a completar otro libro en el resto de su vida. Eso, para mí, dice más sobre lo que cuesta este libro que cualquier reseña.
La historia real detrás del libro es tan brutal como la que cuenta: el 15 de noviembre de 1959, dos exconvictos en libertad condicional, Richard Hickock y Perry Smith, entraron de noche en la casa de la familia Clutter en Holcomb, Kansas, convencidos de que el granjero Herb Clutter guardaba una caja fuerte con miles de dólares. No existía tal caja fuerte. Aun así, ataron y asesinaron a los cuatro miembros de la familia —Herb, su mujer Bonnie y sus dos hijos adolescentes, Nancy y Kenyon— y huyeron con menos de 50 dólares, una radio portátil y unos prismáticos.
Un periodista que se instaló en el pueblo durante meses
Capote leyó la noticia en Nueva York y decidió viajar a Kansas casi de inmediato, acompañado de su amiga de la infancia Harper Lee, que por entonces todavía no había publicado ‘Matar un ruiseñor’. Juntos entrevistaron a la policía, a los vecinos y a los investigadores del caso, incluso antes de que se conociera la identidad de los asesinos, y acumularon miles de páginas de notas. Capote nunca tomaba apuntes delante de sus entrevistados —decía que así se perdía la espontaneidad—; por las noches, él y Lee reconstruían de memoria las conversaciones y comparaban lo que cada uno recordaba.
La parte que todavía incomoda: su relación con Perry Smith
Cuando Hickock y Smith fueron detenidos, Capote empezó a visitarlos en prisión, y su vínculo con Perry Smith se volvió cada vez más ambiguo: algunos biógrafos hablan directamente de una relación sentimental no correspondida del todo. Lo que sí está documentado es que Capote quedó atrapado entre dos papeles imposibles de conciliar —el cronista que necesitaba un final para su libro y la persona que había llegado a conocer y, en cierto modo, a apreciar a un hombre condenado a muerte—. El propio libro reconstruye la escena en la que Smith, ya en el patíbulo, dice sentir «pena por la madre de Dick» antes de negarse a firmar su confesión.
Esperando una ejecución para poder terminar un libro
Aquí está el dato que, cuando lo descubrí, cambió por completo cómo leo este libro: Capote no pudo cerrar el manuscrito hasta que Hickock y Smith fueron ejecutados en la horca, el 14 de abril de 1965, casi seis años después del crimen. El crítico británico Kenneth Tynan llegó a acusarlo públicamente de haber deseado esa ejecución solo para poder darle un final a su historia. Capote lo negó siempre, pero nunca dejó de perseguirle la acusación, ni la propia idea de haber usado el sufrimiento ajeno como material literario.
El libro que lo cambió todo, y que después no lo dejó escribir nada más
‘A sangre fría’ se publicó primero por entregas en The New Yorker y luego en formato libro, y convirtió a Capote en una celebridad mundial de la noche a la mañana. Pero después de esa novela, ya no completó ninguna otra. Pasó las dos décadas siguientes anunciando una obra magna, ‘Plegarias atendidas’, que solo se publicó de forma incompleta y póstuma, entre fiestas, adicciones y un exilio social que él mismo se provocó al traicionar los secretos de sus amistades más poderosas. Cuesta no leer ‘A sangre fría’ hoy sin preguntarse si el libro que lo hizo famoso fue también el que le impidió escribir cualquier otra cosa después. ¿Conocéis algún otro caso de un libro que marcara así, para bien y para mal, el resto de la carrera de quien lo escribió?
