Llevaba meses viendo ‘Siempre hemos vivido en el castillo’ de Shirley Jackson recomendado por todas partes y lo dejé pasar pensando que sería una novela de terror más, de esas con casas encantadas y sustos fáciles. Lo empecé una noche sin muchas expectativas y lo terminé de un tirón, sin poder soltarlo, dándome cuenta de que no tenía nada que ver con lo que esperaba: es una historia sobre dos hermanas que se quieren de una forma tan absoluta que resulta incómoda, contada por la narradora menos fiable que me he cruzado en mucho tiempo.
Una narradora de dieciocho años que no te va a contar toda la verdad
La voz que lleva todo el libro es la de Mary Katherine ‘Merricat’ Blackwood, de dieciocho años, que vive con su hermana Constance y su tío Julian, en silla de ruedas, en una gran casa apartada del pueblo. Seis años antes, la familia sufrió una tragedia que dejó a los tres supervivientes aislados del resto del mundo — el propio pueblo las odia, literalmente, hasta el punto de que Merricat es la única que se atreve a bajar a comprar y soporta que los niños le canten rimas de burla por el camino. Jackson no suelta ni una sola pista gratuita: todo lo que sabes lo sabes porque Merricat decide contártelo, y hay un motivo real, concreto, detrás de por qué el pueblo entero las señala, que se va reconstruyendo poco a poco hasta un final que no vi venir ni a la mitad del libro.
La última novela de una autora que se adelantó a su tiempo
Jackson publicó esta novela en 1962, tres años antes de morir, dedicada a su editor Pascal Covici — fue la última que escribió. ‘Time’ la incluyó entre las diez mejores novelas del año, y hoy se la considera, según ha escrito la crítica Zoë Heller en ‘The New Yorker’, la obra maestra de Jackson. Antes de esto ya era conocida por ‘La lotería’ (1948), el relato que provocó una avalancha de cartas de lectores indignados cuando se publicó en ‘The New Yorker’, y por ‘La maldición de Hill House’ (1959), que Stephen King ha citado como una de las novelas de terror más importantes del siglo XX — de hecho, Jackson influyó directamente en King, en Neil Gaiman y en Richard Matheson, y se nota en cómo construye el miedo desde lo doméstico y cotidiano en vez de desde el monstruo de turno. Su propia agorafobia, según sus biógrafos, está detrás de cómo entiende el encierro de Constance en la novela — no es un dato anecdótico, es la clave emocional de todo el libro.
Una edición española con epílogo de Joyce Carol Oates
En España la publica Editorial Minúscula, dentro de su colección ‘Tour de force’, con traducción de Paula Kuffer y un epílogo firmado por Joyce Carol Oates — un lujo poco habitual para un libro de apenas 200 páginas. Se lee en una tarde, y aun así no deja de crecer en la cabeza días después de terminarlo. En 2018 se estrenó también una adaptación al cine, con Taissa Farmiga como Merricat, Alexandra Daddario como Constance y Sebastian Stan, que no ha tenido mucha distribución en España pero que existe para quien quiera verle cara a esta historia después de leerla.
Si te gustan las narradoras poco fiables, las casas que casi son un personaje más y las familias que esconden algo bajo la superficie, este es de esos clásicos cortos que merece la pena rescatar antes de que lleguen las novedades de otoño. ¿Alguien más lo ha leído, o tengo que convenceros de uno en uno?
